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Colonia detrás de la Plaza de la Catedral

Después de un viaje de seis semanas por Nicaragua y Florida estoy de vuelta en mi querida Colonia. Cuanto tiempo hace que no he paseado por la ciudad vieja! La última vez fue en noche vieja, la primera después de los sucesos vergonzantes en 2015, que nos han llevado a una fama internacional muy dudosa. En los EEUU lo llaman „La Vergüenza de Colonia“.  En Noche Vieja tenía que pasar barreras y controles de seguridad dignas de un festival de rock, para llegar a la Plaza de la Catedral un tanto vacía, donde la coral de San Estéfano estaba cantando  „My Lord, oh my Lord!“ mientras proyecciones coloreadas de palabras – el proyecto de un artista famoso – me causaron una perdida de orientación y eso sin haber probado ni una gota de alcohol. Hoy me atrajo el Festival de Música Antigua. El carillón de Brügge y Damme toca en la punta de la torre del Ayuntamiento. Un evento musical extraordinario que es seguido al lado de una valla de obras puesta al rededor del Ayuntamiento Español por un grupito de amantes de la música que gozan con los ojos cerrados y las caras expuestas al sol. Qué pena que no hayan llegado mas personas. Guías pasan con grupos de turistas. Deben pensar que las campanas suenan porque hoy es domingo. Se les escapa que manos finos de artista mandan sonidos de Schubert, Beethoven y Wagner a volar sobre los techos de la ciudad. Después de este concierto excepcional me paseo por la orilla del Rin y justo cuando quiero subir las escaleras hacia el Museo Ludwig descubro un payaso, que imita los transeúntes, regala globos a niños y reúne un público de varios de cientos de personas. Se sientan en la escalera, ríen cuando manda con gran rapidez citados de música de cine para ilustrar el carácter de la gente que pasa, carcajea cuando desenrolla delante señoras mayores su pequeña alfombra roja, le lleva corriendo una botella de agua a una deportista que pasa y le da de comer a un perrito. En el medio del show aparecen tres policías y lo paran. El público protesta. Pero los tres no se incomodan. No, no forman parte del show, aunque un momento dé la impresión. Las familias con niños, muchos extranjeros, unos refugiados, unos turistas, colonienses, gente joven, gente mayor, grita : „Dejen el artista hacer su show, lo queremos ver!“ Pero la detención del espectáculo se lleva hasta el final, comentado por el artista de manera tragicómica tirándose al suelo y haciéndose el muerto. En el último momento rescusita y salta encima de su caja de requisitos para pedir donaciones. El público cerca a los cuatro, una mujer de Stuttgart dice „Pero Usted podría hacer una excepción! Soy turista, qué mala impresión de Colonia!“ Otro dice „Yo soy de aquí, antes no era así en Colonia!“ Nos explican que existe una regla oficial para el arte en la calle, cada show debe empezar a las in punto y durar media hora, después del artista tiene que cambiar de lugar, el payaso se había pasado por 7 minutos!. Esto es, así explican, para proteger a los que viven aquí, y a los que tienen sus negocios, no todos los artistas son buenos, imagínense si un violinista malo toca 3 horas delante de la misma tienda!

Imposible convencerlos. „Los ataques de la Noche Vieja en 2015 eran possibles!“ digo. „Pero por 7 minutos decepcionais a todos estos ninos con los ojos brillantes! Qué pena!“

„El ordén público se tiene que mantener!“ responden.

No puedo evitar que un pensamiento se aduena de mi: Porqué no se ha podido tener esta efectividad y fuerza en aquella Noche Vieja para evitar el abuso de más de 1000 mujeres?

Ya sé, una cosa no tiene que ver con la otra, sin embargo me quedo decepcionada e impotente.

Mi único consuelo: el comportamiento del público, que se levantaron en defensa del artista y le llenaron por solidaridad su saquito de donaciones.

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