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Noche en el Canyon

Lena apareció un día como turista para hacer el tour del canyon y quedarse una noche. Se quedó tres noches. Alargó para dos semanas. Cuando la conozco lleva 4 meses. Cuenta su historia raras veces. Una dolor de vida e amor la hico divagar por Latinoamérica e aterrizar aquí. La gente de este pueblo, tan sencilla y conectada a la naturaleza la adoptaron sin decir nada y el canyon le hace simplemente bien. „Me encantaría pasar una noche en los acantilados,“ confiesa „Pero ir sola me da miedo!“ Sin reflexionar le digo: „Voy contigo!“ El día siguiente por a tarde andamos casi una hora, cargadas de un colchón hinchable, pero roto, una manta de plástico blanca, cositas para comer, una botella de tinto del Cote du Rhone, unas chaquetas y un saco de dormir hacia la salida del Canyon. Don Alfonso, del que los del pueblo cuentan que fue durante la guerra de liberación agente doble para sandinistas y contras, manda con nosotros su perro Rosso. Y éste nos acompaña con decisión, como si hubiese entendido cada palabra de su amo. En el transcurso de la noche vamos a apreciar su presencia más de una vez! Campamos sobre una playita estrecha de arena blanca, al lado de los tres barquitos con los que llevan durante el día los turistas: amarillo chillante, verde chillante, rojo chillante. Los colores son borrados por la noche que se tira encima nuestro como un animal feroz. Un perro solitario ladra desde la distancia. Rosso está sentado, con todos los nervios a punto, mueve su cabeza como si fuese un radar e intenta olfatear. Justo cuando el negro profundo nos acaba de envolver por completo, empieza a ladrar con voz voluminosa y aire peligroso, dirección al canyon. El sonido rebota de las paredes. Escuchamos algo voluminoso que se tira con ruido al agua. Una persona? Una iguana? A pesar de que nos esforzamos, no podemos atravesar el negro con nuestras miradas. Durante un momento me reprocho de mi decisión. Si alguien nos atacará, quién podría ayudar? El perro lograría a hacer huir el atacador? Pero Don Alfonso, que lleva desde 60 anos en estas tierras y conoce cada árbol, cada piedra, no nos hubiera permitido ir, si hubiese sentido algún peligro. Nos tranquilizamos, o más bien, el tinto nos tranquiliza. De repente divagan conos de luz sobre el río y las rocas. Voces lejanas se oyen. Rosso no ladra. Los portadores de las linternas se acercan mas, yo grito con alegría impuesta „Estamos aquí“. Huída hacia el frente. Son los hombres de una familia que vive en una chabola en la entrada del canyon. Dos adultos y tres niños entre seis y diez, los habíamos visto en la puesta del sol pasar al lado nuestro, montados en sus burritos cargados y nos habían mirado con gran curiosidad. „Vamos a pescar!“ explican. Los barcos de colores chillantes, ahora invisible, entran en las aguas. Después de una hora vuelven sin pescado. Regalamos a los niños una bolsa grande de mashmallows. Ninguna reacción en sus caras, que iluminamos con la función de linterna de nuestros teléfonos. El silencio vuelve. El cielo está relleno de estrellas brillantes, no llegamos a basto con nuestros deseos, tantas estrellas fugazes vemos. Lena dice: „Qué alegría me da el suelo tan duro.“ Alegría? Si, eso se lo enseño un día un amigo en Alemania, cuando siempre se quejaba del mal tiempo. „Di: qué alegría me da la lluvia! Es que si no te da alegría, aún seguira lloviendo!“ Un argumento arasador. Casi no dormimos, no podemos encajar los sonidos de la naturaleza. Rosso ladra una y otra vez, a veces no se puede tranquilizar. „Qué alegría el suelo tan duro!“ dice Lena. Yo también me alegro. Y nos alegramos de nuestro protector Rosso. En algún momento nos vence el sueno. Hasta Rosso se ha encucurachado. A las 5 de la mañana nos despertamos, recojamos y marchamos hacia un suave amanecer.

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