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Visita al barbero

„Atrás me mareo!“ con este comentario consigo a menudo el asiento del copiloto y otra dimensión más del viaje: el mundo del hombre en el volante. Mis ganas incansables de hacer preguntas lo mantienen despierto, el interés en su persona le agrada, la comunidad de viajeros se beneficia. Como una aspiradora devoro trozitos de información, rodajes de sabiduría de vida y anécdotas enteras, los junto en mi cabeza pieza por pieza como si fuese un cuya imagen final espero con mucha curiosidad.

Juan lleva solo tres meses trabajando con NicaTravel. La Agencia de minibuses perteneces a un chino casado con una nicaraguense y sirve una red de destinaciones muy solicitados por los mochilleros. Agradece a su nuevo patrón los horarios humanos, el cumplimento de las leyes de trabajo y el trato respetuoso. Todo esto es nuevo para Juan.

Su historia empieza y acaba en la tienda del barbero. „Un hombre no puede humillar a otro!“ dice Juan. „Solo Dios puede hacerlo!“ Diciendo hombre se refiere a caso al homo sapiens masculino o al homo sapiens en general? Qué interesante, que los dos significados son servidos por el mismo vocablo! O me falla aqui mi conocimiento linguistico de la lengua espanola? Pero el dicho, que ya he escuchado más de una vez en Nicaragua es descolorido por la sensación amarga de veinte anos de humillación por su empleador pasado, llamémoslo Armando, Don Armando. Los dos son de la pequena ciudad Chichigalpa, a cuarenta kilómetros de la capital de provincia León. Desayunaban el mismo gallopinto, aprendían en la primaria los mismos versos del poeta nacional Rubén Dario de memoria y esperaban con impaciencia la llegada del sábado, diá que la banda municipal tocaba en la Plaza y las bellas jovencitas andaban en grupitos de amigas en busca de novios. Nadie en el pueblo, y menos Juan, hubiese podido imaginar que ún día Armandito iba a ser el patrón de Juan e iba a exigir ser llamado con el respuetuoso Don delante de su nombre. A Armando le había tocado una pequena herencia de parte de su tía abuela materna. Con eso se compró el primer minibus. Durante anos, Juan era su único conductor. „Un viernes estaba en la peluquería, como todos los viernes, para hacerme afeitar,“ cuenta, mientras depasa en la Panamericana un carrito llevado por dos caballos destartalados. „Recién me había puesto la espuma y iba con el cuchillo, cuando Don Armando entra. Me levanto de golpe, el cuchillo resbala. Pequena herida, nada. El barbero no tenía nunguna culpa. Me quité la espuma. A veces pienso que podría cambiar estas toallas gastadas por unas nuevas, gana lo suficiente para esto. Me senté en una de las sillas de madera, de vuelta a la cola.“ Por el color oscuro de Juan no pudo saber, si se puso rojo durante el relato o si era solo imaginación mía. „No sé como Don Armando siempre logró de encontrar el momento exacto en el que me atendían a mí!“ Un caballo que algún día debía haber sido blanco se encuentra en el medio de la carretera. Me asusto. Que no lo atropellen! Juan evade con habilidad. No se inmuta. „Durante veinte anos no paró de llamarme. Dónde estás? Qué haces? Porqué aún no llegaste?“ Juan trabajaba día y noche, llevó turistas al extranjero, a Honduras, Belize y Costa Rica, ricos americanos, aventureros franceses, vendedores nicaraguenses, y participantes de una competición de Miss hondureñas, sin que podía respetar ningún horario de descanso, a veces sin habitación de hotel, siempre sin vacaciones. En esos veinte anos Don Armando amplió su empresa a cuatro minibuses y un día echo Juan a la calle, de hoy a mañana, sin dar razón, sin decir porqué y sin pagar ninguna indemnización. La cosa llegó a los tribunales, pero tener derecho y obtener derecho siempre han sido dos pares de zapatos diferentes y más en países como Nicaragua. Juan no tenía dinero para pagar la segunda instancia, mientras a Don Armando le dejaban pasar primero no solo en la peluquería. „Me echó porque quería que volviera a cuatro patas llorando!“ dice Juan. „Pero prefiero morirme antes de volver a trabajar por el. “ Aprieta varias veces el claxson, para espantar unas vacas que buscan hierba seca en los bordes de la carretera. Tres meses estaba sin trabajo. Llamó a todas las agencias, pero nadie lo quería contratar. Sospecha que Don Armando tenía sus manos en el juego. Hasta que encontró al chino. Ese le dio un chance. Hace poco Juan estaba en la peluquería. Justo cuando un barbero le había puesto la espuma blanca y perfumada y se ponía a meter el cuchillo, entró su ex-jefe. „Yo estaba sentado tranquilamente. Hice como si no lo viera. Armando, ya sin Don, se sentó haciendo cola sobre una de las sillas de madera. Nunca he disfrutado tanto un afeitado!“ Hemos llegado a Granada.

 

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